ENTREVISTA A JOSÉ MIGUEL PÉREZ CORRALES, EN “LA PROVINCIA”

–Sus trabajos van de la investigación más exhaustiva de  los estudios sobre las relaciones de la literatura portuguesa y la española de los siglos XVIII y XIX, a sus trabajos sobre el surrealismo, muy reconocidos internacionalmente. Es también autor de numerosos libros de creación literaria. Ha trabajado también en Viera y Clavijo, en Cristóbal del Hoyo, en Agustín Espinosa. Su Diccionario gallístico de Canarias muestra también que le preocupa el legado cultural  de raíces más populares. ¿Cuándo emprendió este trabajo, por qué decidió llevarlo a cabo?

–Aunque sólo a posteriori he podido encontrar en mi propia familia importantes gallistas, como el médico José Juan Mejías o los Manrique de Lara, desde mi época juvenil, con dos amigos del Bachillerato, iba a ver algunas peleas en Arucas. Luego, con el librero Paco Lemus, de familia de aficionados, acudía al Parque San Francisco, en el Puerto de la Cruz, llamándome la atención la belleza de los gallos, la emoción de las riñas y la afición tan entusiasta, con todo el espectáculo muy curioso y ritualizado. A raíz de que se intentaran prohibir las peleas (lo que hubiera supuesto el exterminio de un animal canario finísimo, cuyo instinto y placer, caso único en la naturaleza, es la pelea a muerte), comencé a escribir en “La Provincia” y “Jornada” crónicas y reportajes. Dado mi gusto por la investigación, fui recogiendo material con vistas a escribir una historia de los gallos en Canarias, que al final ha cristalizado en la forma de este Diccionario. Era un trabajo por hacer, que es lo que a mí me gusta, y que suponía la consulta de periódicos, a la que ya estaba avezado por mis estudios de la vanguardia insular.

–Su trabajo de recuperación de una larga historia gallística cuenta con dos fuentes principales, la información oral y las hemerotecas. Algunas investigaciones muestran que ésta era afición presente desde época muy temprana. ¿Qué fuentes están más presentes en su libro?

–En las fuentes escritas, he barrido literalmente toda la prensa canaria, excepto algunos periódicos de Las Palmas, donde la información es tremenda. En la época dorada, que fue la de los años 30, cada periódico de la ciudad (y había una docena) tenía su cronista, algunos de ellos magistrales, como Alfonso Canella, un escritor sorprendente, o Fermín Romero Montenegro. Ambos eran docentes de gran prestigio, personas muy cultas. Otros, sobre todo en La Palma, se expresaban en versos, lo que también hizo, aquí, el propio Domingo Rivero, casteador finísimo, que buscaba la pluma amarilla de los gallos, o sea los giros, y de quien hablo extensamente en el Diccionario. Claro que las fuentes orales han sido también importantes, aunque más por lo que tienen de tendencia a lo mítico, o sea que siempre aceptándolas con muchas reservas. Me puse en contacto con los mejores aficionados de las cuatro islas gallísticas (Lanzarote, Gran Canaria, Tenerife y La Palma), sobre todo los que más edad y sabiduría tenían.

–En su obra hay una voluntad de archivar y reservar conocimientos que pueden desaparecer porque se hallan sólo en las fuentes orales. ¿Qué personajes y conocimientos considera que se hubieran perdido por completo?

–Este Diccionario, en efecto, salva prácticamente toda la cultura gallística de Canarias, que yo considero de una riqueza excepcional, ya que durante siglos esta fue la afición favorita de los canarios, sin distinciones sociales y destruyendo todas las fronteras insulares. Yo diría que en la forma que los gallos han adoptado entre nosotros, únicas en el mundo, con un léxico propio y muy pintoresco y unas formas rituales insólitas, se ha manifestado la sociabilidad y el esmero de los canarios. Los aficionados –es algo de lo que puedo dar fe– aman sus animales, gallos, gallinas y pollitos, y los cuidan desde el principio hasta después de la pelea, en que los mejores son dedicados al casteo. Eso es vida. El mayor cuidador (y fíjese en esta palabra) que ha habido, Francisco Dorta, natural de La Orotava, y que preparó gallos durante 52 temporadas, era poeta y tocaba el fiscorno en la Banda de Santa Cruz de Tenerife. Hablaba con los gallos, y al final de su vida dicen que hasta se parecía a un gallo. Otro cuidador recientemente fallecido, Álvaro Tapia, me decía a sus 80 años que soñaba con los gallos, y a esa edad –era carpintero– hizo una pequeña valla en miniatura, preciosa. Tapia, lo que es un ejemplo, estaba emocionado porque yo estuviera rescatando lo que fue no ya la afición sino la pasión de tanta gente sencilla como él. En este sentido, he querido que este libro transmita esa pasión, de un mundo muy hermoso que se ha erigido en torno al gallo fino canario, que es como una suerte de animal totémico para sus entusiastas.

En el mundo americano, desde Colombia a las Antillas, el amor a los gallos y la asistencia a las peleas forman parte de lo que podría llamarse la gran cultura. ¿Ha estado aquí presente esa relación entre los creadores modernos, contemporáneos, y la tradición de raíz popular? Usted habla de Domingo Rivero y de otros escritores…

–Debo decir que lo que a mí me interesan son los gallos canarios y la afición canaria. Jamás hubiera escrito un libro sobre los gallos de pelea en general ni siento mucha curiosidad por los gallos en América o Asturias. El ejemplo de Domingo Rivero es fundamental, pero también está la célebre foto en que Saulo Torón, cuyo hermano, el también poeta Julián, era casteador, brinda por un gallo campeón, y el hecho de que otro poeta, Manuel Morales, hermano de Tomás, fue un gran cuidador y un hombre muy apreciado por sus conocimientos. En Tenerife, Luis Rodríguez Figueroa, fue un casteador de aúpa, y Guillermo Perera y Tabares Bartlett tuvieron grandes gallos. En una foto del Cuyás aparece Pedro Perdomo, muy sonriente, en medio del maremágnum de aquel lugar ya mítico, donde en las grandes jornadas se reunían 1.500 personas.

–También en el arte está muy presente la admiración por los gallos. Algunos críticos internacionales como Serge Fauchereau o Yolande Rasle le han pasado incluso información.

–Es de esperar que un animal de belleza tan deslumbrante haya atraído a los pintores. Algunos nombres canarios: Óscar Domínguez, Tomás Gómez Bosch, Colacho Massieu, Pedro del Castillo, Juan Guillermo, Antonio Padrón, María Castro, Alicia Lecuona, Vinicio Marcos. Este último es mi favorito. Era un gran aficionado, y sus imágenes de gallos me deslumbran, son perfectas y transmiten con un colorido maravilloso toda la belleza, la energía y la decisión de este animal a la vez hermoso y terrible.

–Parece que en los últimos años la afición ha crecido en Canarias. Partiendo de algunas de sus ideas, de la belleza de los gallos, de su temperamento único, de los largos procesos de cuido, de cierto sentido ancestral que une a la tierra, ¿qué es lo que considera que atrae y puede seguir atrayendo? 

–Cada vez hay más gallos, más partidos y más casteadores, pero también menos espectadores. La afición ha crecido de nuevo en Gran Canaria y es apabullante en el Valle de Aridane, con mucha gente joven en ambos lugares. Creo que los gallos forman un mundo único y auténtico, de tradiciones específicamente canarias, y que todo verdadero amante de los animales y de la naturaleza, entre los cuales me cuento, debe defender.